En este tiempo de alejamiento, de soledad, de silencio… a los sentidos le llegan sensaciones que le devuelven al pasado.
Uno piensa que todo su cuerpo se renueva, que sus células mueren y nacen, que constantemente se alimenta para que este cambio no pare, que él mismo deja de existir innumerables veces y renace constantemente. Que no solamente su cuerpo, su piel y el resto de los órganos cambia y deja de existir para ser otro sino que además el presente se mantiene y el pasado cada vez se aleja más y más. Cómo uno vive una experiencia intensa y al poco tiempo esa experiencia quedó lejos y uno no sabe si la experimentó, se la imaginó o la inventó en su imaginación porque ya no la siente como propia. El tiempo pasa, el cuerpo cambia y no sabes qué eres, porque el del pasado es un cuerpo que ya no existe y que experimentó vivencias que tampoco ya existen y que ya no importan y que no tienen ya relevancia. ¿O sí?
Si el cuerpo del pasado y los hechos del pasado ya no existen ¿por qué estás conectado a aquello? ¿por qué lo que eres se debe a lo que fuiste y a lo que pasaste? Y te das cuenta que inevitablemente eres todo uno: lo que eres ahora y lo que fuiste.
Y es que en estos tiempos de soledad y silencio a los sentidos le llegan sensaciones del pasado que le hacen sentir vivo y que le conectan con su vida entera desde que nace. Sentado en el salón viendo cómo va anocheciendo, el interior se va volviendo gris y oscuro, y a la vez se va poniendo encarnado, rojo, encendido. Son esas farolas que meten su luz hasta la pared del fondo. Atraviesan los visillos y dejan sus dibujos como delicadas sombras chinescas. Entonces recuerdas esas sombras en todas las edades de tu vida: en aquella casa de los padres los domingos de invierno por la tarde, esa tarde negra iluminada de ámbar, en soledad, en la calle, fría y vacía, en un pueblo desolado. Los visillos moviéndose en casa de la abuelita, todo arropado de cariño, sentados en hamacas de mimbre, viendo por el balcón abierto cómo mí tía, enfrente, sale de casa y viene a visitarnos. Y es que fui niño. Y recuerdas la misma sensación cuando viajabas por turismo, por trabajo y en todas partes estaba esa luz entrando por las ventanas. Y es que he ido creciendo y viviendo aquí y allá las mismas sensaciones escondidas que no aprecias a no ser que lleguen momentos como éste, de silencio, oscuridad y soledad.
Oigo también, en estos momentos de silencio, cómo los niños corren y gritan, jugando en la calle, cómo se divierten. Y me devuelven a los gritos de los niños jugando en el patio del colegio, saliendo del colegio, alegres, libres, algunos con sus madres o abuelitos esperándolos salir y que revives todas y cada una de las veces que pasas por delante de la puerta de aquel colegio en el que estuviste hace cuarenta años. Y a la vez, esos gritos me traen a la mente las golondrinas y los vencejos cruzando las plazas y las calles con sus sonidos. Son la alegría que viene con el buen tiempo, con la primavera, la luz de las tardes, el cielo azul. Las golondrinas que oía todos los años, hace tantos ya, cuando vivía en el pueblo… pero también ahora, en breve vendrán y me darán más alegría renovada.
Y los recuerdos de cuando conservaba fuentes de recuerdo, como ese frasco, vacío de colonia ya, que antes de tirarlo, guardaba hasta exprimir su escaso aroma, para recordar las mañanas de domingo, para recordar las visitas a Alicante, los días de fiesta. Los días de luz blanca y clara con brisa fresca. Esos días que te hacen saber que tú eres aquel y eres éste, eres uno.
Así que quiero, quiero seguir recogiendo sensaciones. Que las de ahora mismo no se me pasen por alto. Mientras oigo los niños jugando, mientras observo las sombras rojas de los visillos moviéndose, noto que tengo una persona medio encima de mí. Tumbado, con sus piernas sobre las mías, mis manos sobre sus piernas. Su piel bajo mis dedos. Y pienso: no, no te descuides. Sí, observa, retén, aprecia, disfruta del amor y del cariño presente. De cómo es esa piel que te quiere y que se te ofrece. Ese tacto generoso y agradecido, que es para ti. Y que va a formar parte de tus recuerdos, de tu vida, de ti, un todo, así como los recuerdos del pasado. Y eres feliz por tener la vida de antes y tener la vida de ahora, y saber que esa vida de ahora está ahí mismo para ti, para mí, y que las cosas malas del día a día no importan en ese justo momento porque estoy por encima de todo eso como un espíritu que sobrevuela tranquilo.
Melancolía
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