En estos tiempos de pandemia, de encierro, en los que el tiempo pasa silencioso pero inexorable engullendo nuestras horas de vida, me vienen a la cabeza reflexiones, recuerdos y pensamientos inquietantes sobre el futuro. Pero mientas tanto, aquí seguimos. ¿Cumplimos lo que deseamos?¿Somos felices?¿Hasta cuándo aguantaremos? Y me viene inevitablemente a la cabeza «come scoglio immoto resta contro i venti e la tempesta» aunque no sé por qué, porque poco tiene que ver con mis sensaciones… ¿o sí solamente esta primera frase? Pienso en Fiordiligi.
Fiordiligi está harta. Su amigo don Alfonso le quiere endosar a un supuesto amigo suyo, un marinero albanés , en apariencia exótico, extraño, estrambótico. Nada que ver con ella, refinada y elegante, civilizada.
Ella no lo quiere, o quizás quiere no quererlo. Dice que prefiere estar muerta a traicionar el amor y fidelidad que le profesa quien está en el campo de batalla. Porque ella tiene a su amado, Guglielmo, al que la vida militar lo ha llamado.
A su hermana Dorabella le ha pasado lo mismo. Su amado Ferrando también se ha ido al ejército. Ellas dos se han quedado solas y muy tristes, viendo cómo se iban. Se despiden de ellos al borde del mar, cerca de su villa. Es un precioso día, el mar está en calma, la brisa es suave y las olas están tranquilas. «Soave sia il vento». Parece que todos los elementos son favorables al deseo que tienen ellas: que ellos vuelvan pronto:
Pienso en las veces que he visto el mar, en las veces que he estado entre esas olas. Ahora me parecen pocas las veces, sobre todo cuando las olas han sido suaves y la brisa ligera. Pero cuando las ha habido, las he disfrutado. Pero también puedo recordar momentos en el campo, en la montaña, ahora que estoy parado una muy larga temporada mientras el tiempo devora las horas.
Después de recibir la primera dosis de la vacuna, de tener fiebre y dolores, pienso ¿para qué? Para volver a lo mismo de siempre, el lunes es lunes. La hidra de múltiples cabezas volverá. El mar queda lejos, no oigo las olas y la brisa no me llega. Tendré que buscarle el sentido a todo esto.
Como una roca, inmóvil se queda contra la vientos y la tempestad. Así tenemos que permanecer. Quizás, Fiordiligi lo diga pero no lo piense, quizás piense lo contrario, para convencerse a sí misma. Quizás quiera cambiar, pero le dé pereza. Eso mismo me puede pasar a mí, nos puede pasar a nosotros.
Fiordiligi demuestra su carácter resistente, tenaz, que se opone a lo que ha de venir. Con esos agudos y graves que cambian con tanta brusquedad. O también puede ser que esos cambios sean porque quiere dejarse vencer, dejarse llevar, aunque sepa que no está bien eso. Eso nos puede pasar a todos, alterarnos, por lo que sea, por amor, rabia, impotencia, pereza, dejadez…
A quienes muchas veces penséis «come scoglio immoto resta contro i venti e la tempesta» por el motivo que sea, os dedico esta bella música del Così Fan Tutte de Mozart. Quien quiera conocer la ópera entera, la podrá disfrutar mucho. En realidad es muy divertida aunque corrosiva. A veces dramática camuflando lo cómico, da qué pensar. Como anécdota: Mozart usó parte de la música de un «señor ten piedad (Kyrie eleison)» para esta aria, mezclando lo divino con lo humano, curioso.
¿Quién era ella? La conocí cuando ella tenía casi cincuenta años. Ella ya había vivido más de la mitad de su vida, yo nada. Todo cariño, siempre haciéndome compañía. Por las noches me quitaba el miedo. Yo la veía que era todo hacia los demás. O más bien, nada de ella para ella. Siempre con nosotros mientras crecíamos. ¿Quién era ella? ¿Cuál era su vida antes de nuestra vida? ¿Fue feliz?¿Amó?¿Vivió? Cuando estaba con nosotros, supongo que vivía en nosotros. ¿Pero cuando no lo estaba? Nunca me contó nada. No sé de ella nada. Sólo sé el cariño que me daba pero no sé cuáles eran sus pensamientos ni su vida dentro de ella, su propia vida. Hace doce años perdí la oportunidad de preguntárselo y siempre me quedará esa triste incógnita. Estaba yo en Venecia con Miguel y lloré amargamente, y él me dijo «ojalá algún día me quieras a mí tanto como a ella». Pero eso no pasó.
Me pongo a estudiar el Otoño de Tchaicovsky y me vienen esos pensamientos. Evidentemente, no soy Olga Scheps. Pero pueden llegarme en octubre, otoño o cualquier época. Ahora, con la edad que ella tenía en mi principio, reflexiono sobre mí. Abrazo a José y pienso en el futuro, mi futuro. Querría un abrazo eterno pero sé que va a durar poco. Y después ¿qué? ¿Quién seré yo? Quizás un cuerpo con alma llena pero opaca. O un vacío, producto de deseos incumplidos. Un desconocido para los que tenga cerca, aburrido y sin interés para nadie. Lleno de recuerdos callados, de cariños en la infancia, ya tan lejanos que son inexistentes, de caricias y abrazos ahora, hasta que pasen. Me queda mi conciencia, mis vivencias ya caducadas.
En este tiempo de alejamiento, de soledad, de silencio… a los sentidos le llegan sensaciones que le devuelven al pasado.
Uno piensa que todo su cuerpo se renueva, que sus células mueren y nacen, que constantemente se alimenta para que este cambio no pare, que él mismo deja de existir innumerables veces y renace constantemente. Que no solamente su cuerpo, su piel y el resto de los órganos cambia y deja de existir para ser otro sino que además el presente se mantiene y el pasado cada vez se aleja más y más. Cómo uno vive una experiencia intensa y al poco tiempo esa experiencia quedó lejos y uno no sabe si la experimentó, se la imaginó o la inventó en su imaginación porque ya no la siente como propia. El tiempo pasa, el cuerpo cambia y no sabes qué eres, porque el del pasado es un cuerpo que ya no existe y que experimentó vivencias que tampoco ya existen y que ya no importan y que no tienen ya relevancia. ¿O sí?
Si el cuerpo del pasado y los hechos del pasado ya no existen ¿por qué estás conectado a aquello? ¿por qué lo que eres se debe a lo que fuiste y a lo que pasaste? Y te das cuenta que inevitablemente eres todo uno: lo que eres ahora y lo que fuiste.
Y es que en estos tiempos de soledad y silencio a los sentidos le llegan sensaciones del pasado que le hacen sentir vivo y que le conectan con su vida entera desde que nace. Sentado en el salón viendo cómo va anocheciendo, el interior se va volviendo gris y oscuro, y a la vez se va poniendo encarnado, rojo, encendido. Son esas farolas que meten su luz hasta la pared del fondo. Atraviesan los visillos y dejan sus dibujos como delicadas sombras chinescas. Entonces recuerdas esas sombras en todas las edades de tu vida: en aquella casa de los padres los domingos de invierno por la tarde, esa tarde negra iluminada de ámbar, en soledad, en la calle, fría y vacía, en un pueblo desolado. Los visillos moviéndose en casa de la abuelita, todo arropado de cariño, sentados en hamacas de mimbre, viendo por el balcón abierto cómo mí tía, enfrente, sale de casa y viene a visitarnos. Y es que fui niño. Y recuerdas la misma sensación cuando viajabas por turismo, por trabajo y en todas partes estaba esa luz entrando por las ventanas. Y es que he ido creciendo y viviendo aquí y allá las mismas sensaciones escondidas que no aprecias a no ser que lleguen momentos como éste, de silencio, oscuridad y soledad.
Oigo también, en estos momentos de silencio, cómo los niños corren y gritan, jugando en la calle, cómo se divierten. Y me devuelven a los gritos de los niños jugando en el patio del colegio, saliendo del colegio, alegres, libres, algunos con sus madres o abuelitos esperándolos salir y que revives todas y cada una de las veces que pasas por delante de la puerta de aquel colegio en el que estuviste hace cuarenta años. Y a la vez, esos gritos me traen a la mente las golondrinas y los vencejos cruzando las plazas y las calles con sus sonidos. Son la alegría que viene con el buen tiempo, con la primavera, la luz de las tardes, el cielo azul. Las golondrinas que oía todos los años, hace tantos ya, cuando vivía en el pueblo… pero también ahora, en breve vendrán y me darán más alegría renovada.
Y los recuerdos de cuando conservaba fuentes de recuerdo, como ese frasco, vacío de colonia ya, que antes de tirarlo, guardaba hasta exprimir su escaso aroma, para recordar las mañanas de domingo, para recordar las visitas a Alicante, los días de fiesta. Los días de luz blanca y clara con brisa fresca. Esos días que te hacen saber que tú eres aquel y eres éste, eres uno.
Así que quiero, quiero seguir recogiendo sensaciones. Que las de ahora mismo no se me pasen por alto. Mientras oigo los niños jugando, mientras observo las sombras rojas de los visillos moviéndose, noto que tengo una persona medio encima de mí. Tumbado, con sus piernas sobre las mías, mis manos sobre sus piernas. Su piel bajo mis dedos. Y pienso: no, no te descuides. Sí, observa, retén, aprecia, disfruta del amor y del cariño presente. De cómo es esa piel que te quiere y que se te ofrece. Ese tacto generoso y agradecido, que es para ti. Y que va a formar parte de tus recuerdos, de tu vida, de ti, un todo, así como los recuerdos del pasado. Y eres feliz por tener la vida de antes y tener la vida de ahora, y saber que esa vida de ahora está ahí mismo para ti, para mí, y que las cosas malas del día a día no importan en ese justo momento porque estoy por encima de todo eso como un espíritu que sobrevuela tranquilo.
Maravillado me quedé la primera vez que leí a la pastora Marcela. Yo no la conocía, no me la esperaba, y me quedé boquiabierto.
Luego vi que era muy conocida, y ¡cómo no! Así que lo que diga aquí no aporta nada nuevo. Pero es que, para mí, ella es intemporal y leerla siempre es un placer. Y todo me hace pensar que es así para muchas personas. Ella te abre los ojos a algunas verdades de siempre, de forma contundente y con mucha claridad. Pero con mucha elegancia, sabiduría y quizás hasta lirismo. Vamos a recordar su historia, resumiendo al comienzo, no literalmente, porque se puede coger el original y leerlo, que es un disfrute. Aunque creo que hay fragmentos que hay que leer y hasta memorizar. Y a quien no la conozca, aquí viene:
«Yo nací libre»
>>En una de sus andanzas, iban don Quijote y Sancho Panza cuando se encontraron con unos pastores. En el momento del descanso, cuando era de noche, se reunieron todos alrededor del fuego, y mientras, hablaban. Uno de esos pastores, que se llamaba Pedro, comentó que ese mismo día había muerto Grisóstomo y que al día siguiente lo enterrarían. Muy interesado don Quijote, siguió escuchando lo que Pedro le contó. Grisóstomo era de una familia rica del lugar. Incluso él y su amigo Ambrosio estudiaron en Salamanca. Grisóstomo era muy instruído, sabía astronomía…, y también escribía poemas. Llegado un momento, Grisóstomo y Ambrosio decidieron cambiar sus ricas ropas por las de pastor, y se fueron a vivir al campo cuidando tanto vacas como cabras. Nótese que ésta era la época en la que se ensalzaba la vida pastoril, su libertad y su pureza.
>>Marcela era una rica mujer del lugar, más rica que Grisóstomo. Y era muy bella. Su madre murió en el parto pero le transmitió su belleza. Fue un tío de Marcela quien se encargó de su educación. Mientras vivían juntos, él no la obligó nunca a casarse, que ya que era rica, podría conseguir un buen matrimonio. Es más, él decía que todos teníamos derecho a estar con alguien a quien de verdad amáramos y no casarnos por obligación o conveniencia. Siendo así, era libre de querer a quien quisiera. Marcela era conocida por su belleza, pero también por sus virtudes como inteligencia, sencillez, honestidad… todo lo bueno lo tenía ella. Pero nunca mostró que le gustara ningún hombre. Llegado un momento, decidió también cambiar sus vestidos por ropas de pastora e irse con otras mujeres a vivir al campo.
>>La marcha de Marcela al campo provocó que muchos hombres fueran tras ella para conseguir su amor. Pero ella los rechazaba a todos como «a trabucazos». No había árbol que no tuviera marcados corazones con los nombres de los enamorados y de Marcela. Amores frustrados que no iban a ningún sitio. Grisóstomo también se enamoró de ella y la pretendía, pero ella lo rechazaba. Así fue que Marcela fue ganándose la fama de cruel y despiadada por aquellos mismos que la deseaban. Y mientras, ella se iba alejando cada vez más hacia las partes profundas de aquellos campos. Aquí acabó Pedro su relato.
>>Un día, Grisóstomo se suicidó. El mismo día en el que don Quijote y Sancho Panza llegaron a esas tierras.
>>A la mañana siguiente, Pedro, los pastores y don Quijote se dispusieron a ir al entierro de Grisóstomo. Por el camino se iban encontrando a otros hombres, algunos de ellos hidalgos, que iban todos al entierro, al conocer las noticias. En un momento del camino se encontraron que llevaban el cadáver de Grisóstomo, cubierto de flores y de papeles con sus poemas. Iban de camino al lugar en el que Grisóstomo quiso ser enterrado, en el campo bajo la peña en la que vio a Marcela. Antes de enterrarlo, Ambrosio leyó la Canción desesperada que Grisóstomo escribió sobre Marcela. Ella parecía cruel al no corresponder su amor, que él tenía celos pensando que ella estaba con otros hombres. Él estaba frustrado y despechado, y dejaba a Marcela en mal lugar. A todos les pareció muy bien.
>>Y entonces apareció Marcela, como una visión, sobre la peña bajo la que estaban ellos. Era tal su belleza que se quedaron extasiados y los que no la conocían aún sino por comentarios, comprobaron que verdad decían. Y dijo ella que iba a exponer sus razones de lo sucedido y hacer ver lo equivocados que estaban todos. Y tanto que lo estaban. Saquen sus propias conclusiones. Copio aquí ya textualmente lo que dijo «Yo nací libre»:
«Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de eser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Sino, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que la tenga, con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.»
>>Y se fue. Y quisieron salir tras ella. Y don Quijote se interpuso para defenderla y hacer que nadie la siguiera y ella pudiera vivir en paz.
Nunca me cansaré de leerla ni pensar en sus palabras. Lamentablemente, las palabras de Marcela han sido manipuladas, más en los tiempo actuales. Manipuladas en un sentido y en el contrario, y tanto me desagrada que no voy a hacer más mención a ello. Me quedo con sus palabras y mi propio entendimiento.
Me despido con música. Quizás tenga poco que ver con lo anterior, pero es muy pastoril. La obertura de Bastián y Bastiana, ópera sobre dos pastorcitos y un mago que Mozart compuso con doce años, y un fragmento del oratorio Las Estaciones de Haydn:
Dido fue la legendaria reina de Cartago. Se cuenta que hasta ella, Cartago era un imperio floreciente, que había ido creciendo en riquezas, arte y cultura.
Eneas era troyano, superviviente de la guerra de Troya, en la que ganaron los antiguos griegos. Todo esto es muy bien sabido, desde muy antiguo… más de tres mil años.
Con la Ilíada de Homero sabemos de las desgracias sufridas por los troyanos. Con la Eneida de Virgilio, sabemos del periplo de Eneas, héroe troyano, de cómo sale de Troya y llega a la península itálica, y su descenciente lejano, Rómulo, acaba fundando la ciudad de Roma en el año 753 AC según la tradición. Así, los romanos funden sus orígenes con los troyanos.
Eneas, en su viaje, recaló en Cartago. Dido y él se enamoraron. ¡Quién no se enamoraría de Dido! Y allí se quedó el viviendo. Pero, ¡ah! los dioses le recordaron a Eneas que su misión era otra. Y dejó abandonada a Dido. Dido acabó suicidándose, o dejándose morir, por el intenso dolor que le causó la partida de Eneas.
Se cuenta que a partir de su muerte, Cartago comenzó su degradación como centro de floreciente cultura y volviéndose hostil hacia sus vecinos. Cierto es que Cartago y Roma fueron grandes enemigos, y tras las tres Guerras Púnicas, Roma acabó con Cartago, con Aníbal y con la familia Barca. Así es cómo la literatura épica da explicación a cómo surge esa enemistad, más allá de los reales choques de poder y de control del mar y las tierras que lo rodean.
En el siglo XVII, Henry Purcell puso música a esta tragedia de Dido en su ópera Dido y Eneas. Vuelvo a repetir que todo esto también es muy conocido…¿cuatrocientos años? Pero no por eso es menos bello, menos digno de ser recordado y disfrutado.
La ópera acaba con el lamento y muerte de Dido. Recitativo, aria y coro. Dido le dice a su doncella Belinda que la recuerde, que sus errores no le produzcan dolor, que la guarde en el recuerdo, pero que olvide lo que pasó.
Recitativo
Tu mano, Belinda; la oscuridad me envuelve.
En tu seno déjame descansar.
Más quisiera, pero la muerte me invade.
La muerte es ahora una bienvenida visita.
Aria
Cuando yazga, yazga en la tierra,
que mis erroresno causen cuitas a tu pecho
Recuérdame, recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino.
Cuentan que San Jorge vivió durante la época del Bajo Imperio romano y que murió martirizado.
Posteriormente, en la Edad Media, surgió la leyenda en la que mató a un dragón. Se dice que es que el dragón estaba sobre una fuente de la que se surtía una ciudad. Incluso la leyenda tiene princesa incluida.
Sea como fuere, a mí , lo que me llama poderosamente la atención y me fascina es la estética de la representación de este héroe a caballo. El jinete, los jinetes, como otros que iré comentando en siguientes entradas.
Pero mi interés en esta entrada es la corona británica, la moneda. Un piezón. Una gran moneda de plata de unos 28 gramos y casi 4 cm de diámetro. Cuando ves a san Jorge en tu mano quedas maravillado.
Este magnífico relieve lo podemos disfrutar en las coronas y soberanos (y medios soberanos) británicos. De plata, grandes, de oro, más pequeños. Son producto del diseño de Benedetto Pistrucci. ¿Quién puede evitar la atracción ante tal belleza? Si queréis más información sobre estas monedas, os recomiendo la entrada del siguiente blog, que es estupendo:
Una de mis heroínas, valiente, tierna, su amor vence a su desgracia. Expresa sus sentimientos en melodías que fluyen y te llegan hasta lo más profundo. Para mí, una renovación de lo hecho hasta entonces.
Porque ella lo merece. Vivía con su madre, que le quiere confundir en la relación con su padre. Conoce a Tamino, o más bien, él tiene la fortuna de conocerla. Pero es que todos la quieren, y quién no.
Ach, ich fühl’s
¡Ay, tengo el presentimiento de que la dicha del amor ha desaparecido para siempre! ¡Nunca volveréis a mi corazón, horas de delicia! Mira… Tamino, querido, estas lágrimas corren sólo por ti. ¡Si no sientes los anhelos del amor, mi descanso estará en la muerte!
En La Flauta Mágica, Mozart puso en ella, a mi parecer, otro más, y muy importante, de los grandes personajes femeninos que nunca han sido creados, y que iré disfrutando con ellos. Y vosotros conmigo.
Soy un gran amante de las Artes. La música, la pintura, la literatura… Y la Ciencia, la Historia. Además, me gusta compartir todo esto que tanto me hace feliz, para que lo pueda disfrutar todo el que quiera. Y quien quiera, que también comparta conmigo y los demás lectores.
Suscríbete, valora y haz que te lleguen las notificaciones si te gusta mi blog y haz comentarios, esto me ayudará mucho para seguir.
También podéis ver mis imágenes, las pinturas, dibujos… visitando mi instagram @persabasil.